La promesa de Robert Lifton a Ronald Reagan que no se cumplió
Selección: EE.UU.
Ganemos como sea: la vieja obsesión que sigue persiguiendo a Estados Unidos. A pocos días de que el Mundial 2026 acapare todos los reflectores, el fútbol estadounidense vuelve a enfrentarse a una pregunta que lo acompaña desde hace décadas, sobre cómo convertir el potencial en resultados.
La discusión no es nueva. Mucho antes de que figuras como Christian Pulisic o Weston McKennie encabezaran una generación cargada de expectativas, Estados Unidos ya había intentado acelerar su crecimiento a través de fórmulas poco convencionales. Algunas fueron ambiciosas, otras desesperadas. Todas compartían la misma urgencia, que era la de ganar.
Esa obsesión por encontrar atajos quedó retratada en proyectos que buscaron fusionar el desarrollo de la selección con estructuras de club, bajo la creencia de que convivir, entrenar y competir juntos produciría una identidad inmediata. La teoría sonaba convincente. La práctica, sin embargo, expuso una realidad más compleja.
El fútbol no se construye únicamente con concentración permanente ni con discursos patrióticos. Tampoco con la simple acumulación de talento. Requiere tiempo, cultura, competencia interna y una idea clara de juego. Elementos que Estados Unidos ha perseguido durante años sin terminar de consolidar por completo.
Ahora, con la Copa del Mundo tocando la puerta y el país convertido en el principal escenario del torneo, la presión vuelve a elevarse. La generación actual posee más futbolistas en ligas de élite que cualquier otra en la historia del país, pero las dudas persisten. Los resultados recientes han alimentado el debate sobre la identidad del equipo y sobre si realmente está preparado para asumir el papel protagonista que muchos le asignan.
La historia demuestra que no existen soluciones mágicas. Estados Unidos ya intentó construir un equipo desde la estructura, desde la planificación y desde la urgencia. Algunas iniciativas quedaron como curiosidades del pasado; otras dejaron aprendizajes valiosos. Lo único que no cambió fue la exigencia.
La anécdota se remonta a la década de los 80’s. Cuando el empresario Robert Lifton recibió de manos del entonces presidente Ronald Reagan una bandera estadounidense, respondió con una frase que terminaría convirtiéndose en símbolo de una aspiración todavía inconclusa: “Puedes conservarla hasta que ganemos la Copa del Mundo”.
La promesa encerraba optimismo, pero también una realidad incómoda. Estados Unidos creía que el crecimiento de su fútbol era cuestión de tiempo. Han pasado más de cuatro décadas desde aquella conversación y la bandera sigue representando una meta pendiente. El país organizó un Mundial, desarrolló una liga estable, exportó futbolistas a Europa y elevó sus estándares competitivos, pero el objetivo máximo continúa fuera de alcance.
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Fuente: AS